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Cuando la sencillez no es simpleza

Voy a empezar este texto de una manera que quizás no debería… Haciendo mención al parecido físico razonable entre la diseñadora española María Barros y la actriz francesa Audrey Tautou. Puede parecer frívolo, y seguramente lo es, y sin embargo hay otra forma de ver lo que hay bajo esta comparación. Con María ocurre lo mismo que con Audrey, que bajo su carita dulce descubrimos, no sin sorpresa, un lado oscuro que no tiene que ver con la maldad sino con la firmeza. María, en efecto, es delicada y dulce, pero por encima de ello, María Barros es firme.

Precisamente, de ese contraste entre lo que parece fácilmente doblegable y la profundidad y consistencia de su mente nacen el estilo y las líneas maestras de sus creaciones. Su moda es elegante, femenina, con alusiones culturales variadas y citas al Art Nouveau, al jazz o la ópera, y sabemos por ella misma –aunque basta echar una ojeada a las colecciones que ha presentado desde el año 2000- que su prenda fetiche es el vestido, que delinea siguiendo las formas del cuerpo. Y todo esto nos puede hacer pensar que su moda es sólo pura suavidad; pero no se dejen engañar por la apariencias porque, al igual que su rostro, las prendas que salen de su cabeza tienen siempre otra vuelta de tuerca que las hace muy sofisticadas, muy modernas… y también más duras, aunque su dureza nada tiene que ver con la rigidez, dejemos esto claro. ¿Por qué si no María Barros se entiende tan bien con el surrealismo y sus imágenes? ¿Por qué cuando María fotografía sus colecciones o hace exposiciones en colaboración con otros artistas, el resultado siempre tiene algo de la distorsión, de la extrañeza, del desconcierto o del morbo de la que hicieron gala los maestros en pintar el subconsciente? Si a los muebles de Dalí les crecían zapatos de tacón, a los vestidos de niña buena y sexy de María Barros les crecen correajes, complejas lazadas o volantes y drapeados sobredimensionados que añaden morbo, y por qué no, cierta perversión a su sencillez.

El mundo onírico y sofisticado de María es monocolor, lo que no quiere decir que su paleta cromática la componga un solo tono, sino que sus piezas huyen del estampado. No sé cuál es el motivo profundo que subyace a esta elección, pero el hecho de que durante un tiempo trabajara en Florencia en el equipo creativo de Cavalli, quizás nos dé una pista: aquella experiencia le sirvió para ver desde dentro cómo funciona el negocio de la moda (‘en Italia tienen una idea muy clara de que la moda es industria, es negocio y es, sobre todo diseño, y de ese diseño se saca la rentabilidad’. No se puede decir más claro, apostillo), pero el rey del animal print no consiguió insuflarle su pasión por las manchas. Sobre el porqué de esto último, ella lo explica perfectamente: ‘Nunca utilizo estampado, porque el tejido liso me permite trabajar más la prenda. En un estampado, el protagonismo es del propio estampado en sí y no te permite trabajar tanto el tejido’. Y es precisamente en la técnica del moulage, es decir, iniciar la construcción del vestido no sobre dibujos y patrones cortados sobre una mesa sino hacerlo directamente sobre el maniquí, en lo que María es toda una maestra. Y para ser maestro en ello, hay que tener un dominio poderoso de la volumetría y saber pensar espacialmente, algo en lo que no todos los diseñadores de moda son expertos.

De sus colecciones se ha dicho en ocasiones que son ‘muy intelectuales’. Estoy de acuerdo en la aplicación del calificativo ‘intelectual’ a sus prendas, porque si algo hay en ellas es reflexión: sobre el cuerpo de la mujer, sobre la belleza, sobre la cultura… De ahí le viene el aire vintage a sus diseños, porque no juega con futurismos imposibles, sino que su modernidad está enraizada en el pasado, al que respeta, pero como trampolín para construir su futuro estético. Este saber reconocer y apreciar la historia de su disciplina es otra de las características que conforman su estilo y su personalidad, porque quien se acerque a María podrá comprobar su ironía, la falta de simpleza tanto en sus razonamientos como en sus diseños, y todo ello sin ápice de prepotencia ni de sentimiento de superioridad. De ahí que cuando leí hace unos días las declaraciones de la actriz Sidse Babett Knudsen –qué obsesión con las actrices, dirán ustedes, pero es que creo sinceramente que María es toda una estrella de la moda- en las que hablaba de lo que significa la palabra danesa jantelove, me vino inmediatamente a la cabeza lo bien que se adecuaba dicho término al quehacer de la diseñadora española. Janteloven alude a una regla no escrita entre los daneses que prohíbe la arrogancia y la ostentación. Pues bien, María es pura janteloven. Y si no me creen, miren y analicen estas 12 miradas, sus miradas, que conforman la exposición. No tendrán más remedio que darme la razón.